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El Mago de la vuelta de los mangos, una historia para oír con los ojos

Por Freddy Ñáñez

(Publicado en Diario Ciudad Ccs, martes 22 de noviembre)

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Ya hemos hablado antes de la relación íntima que existe entre la oralidad y la escritura. Entonces afirmaba yo que  la literatura era un arte tanto sonoro como plástico con la gracia de ser, además, un arte autónomo. En esa ocasión nos referíamos a la revista “Trapos y helechos”, cuyo editor nos ocupa ahora con una obra para niños donde se cumple la premisa esa de oír con los ojos. Se trata de Antonio Trujillo y el cuento “El mago de la vuelta de los mangos”  (Monte Ávila Editores 2011), libro que procede de esa región de niebla donde nacen las palabras. Es la historia de Cabuyita, un humilde Mago que sobrevivió a los tiempos soberbios de la guerra, gracias a su sombrero mágico, extraña arma que le salvaba de las balas y de los malos sentimientos. Construido con la fuerza del paisaje, esta historia ata a la memoria de una región  la poética que renueva la sustancia sin cambiarla. Es una virtud, muy poco común en nuestra literatura para niños, que el universo de lo fantástico se construya a partir de los nombres particulares que los abuelos de los abuelos dieron a cada cosa, a cada ser, para reverenciar la riqueza vital con que el paisaje provee. Nombres que nos habitan también a nosotros, que nos han acompañado siempre y nos protegen del extravío espiritual que es el olvido. En la región del Mago, dentro de ese  sombrero que es también su país tejido de memoria y deseo; los árboles, las colinas  y los ríos, la tierra misma, como las gentes, se llaman de un modo u otro; y  los nombres que entrañan un latido, una identidad, responden al llamado y al encuentro. La exaltación de la toponimia no es un asunto exterior a la expresión del libro, no tiene acá un fin didáctico; por eso es una verdadera obra de arte. En todo momento Antonio Trujillo se vio forzado a llamar a los loros por su nombre propio, a las flores como ellas suelen presentarse a veces, al Yagrumo con todas sus letras rígidas. Como epifanías  de familiares antiguos, Trujillo va señalando las quebradas, están presentes con sus apodos antiguos y como una historia dentro de otra que nos hace más bello el recorrido.

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Imposible no pensar en “Canta Pirulero” o “Los Viajes de Miguel Vicente Patacaliente”, pues esta historia digna de la ternura y la sapiencia infantil, posee la metáfora raigal de un Rugeles y el despliegue épico de un Araujo.  Podemos sumar a Cabuyita, protagonista de este cuento, a los personajes que han hecho dentro de la literatura infantil más amplio el horizonte de la alegría.  Leer a Cabuyita es oír la voz de una memoria anterior a las palabras. Ritmo dado por la juglaresca criolla, y hondura de una caligrafía que también pregunta por nosotros. No es difícil imaginar a Cabuyita y los poderes conferidos por ese sombrero mágico, pues la invitación de Trujillo parte del recuerdo. Rememorar el modo en que llamamos y vemos el infinito donde duermes, sobre el que vas y vienes. La importancia del paisaje,  que comienza en la experiencia ininteligible y se hace tu igual, es central en este cuento. Y el paisaje, movible como tú, tiene cosas que añadir a nuestra consciencia. El país es narrado acá sin dejar de representar un personaje más de ese mundo dual en el que Cabuyita se desenvuelve “con la reverencia de un colibrí” ¿De qué otro modo se puede escribir un afecto universal, como este libro, sino es partiendo del pequeño cosmos de tu aldea? Un cuento sin hadas ajenas, sin el “érase una vez” prestado. Un cuento con voz propia. ¡Gracias, Antonio Trujillo!

 

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