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Conocí a Carmen Hernández en el año 1995 cuando ambas realizábamos una estancia en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid. Yo venía proveniente del Museo de Arte Moderno de Nueva York y ella del Museo de Bellas Artes donde era curadora de Arte Latinoamericano. Pero fue en Madrid donde comenzó una amistad entrecruzada siempre por nuestro interés en el arte contemporáneo.
En el año 1997 volvimos a estar juntas en una de las experiencias museísticas más interesantes que recuerdo haber presenciado en Caracas: la muestra Desde el cuerpo, alegorías de lo femenino, donde un grupo numeroso de artistas fuimos invitadas por Carmen a participar para exponer nuestras visiones sobre la condición de lo femenino desde nuestras ópticas, culturas y lenguajes. De esa experiencia quedan los recuerdos de varios días de trabajo y convivencia y las amistades, que se han mantenido a lo largo del tiempo y la distancia, además de un libro que, luego de muchos años de esfuerzo y perseverancia de su autora, publicó Monte Ávila bajo el título de la muestra: Desde el cuerpo, alegorías de lo femenino. Una visión del arte contemporáneo. Desde entonces debo a Carmen la motivación y el estímulo para seguir trabajando de manera ética en el campo del arte, buscando siempre la profesionalización y el espíritu crítico.
Pero nos convoca hoy hablar de su último libro, Insubordinación: Diamela Eltit y Paz Errázuriz, en torno al cual haré algunos comentarios vinculados estrictamente a lo fotográfico, campo en el cual me he formado. Debo comenzar por decir que fue Carmen quien me introdujo al trabajo de Paz Errázuriz hace muchos años, específicamente al libro El infarto del Alma, realizado conjuntamente con la escritora chilena Diamela Eltit. Este trabajo fotográfico de Errázuriz, quien coincidencialmente estudió fotografía en la misma escuela que yo aunque no nos conocimos, está compuesto por una serie de retratos de parejas de internos del hospital psiquiátrico de Putaendo, Chile. Debemos a este libro la posibilidad de ampliar nuestro espectro analítico para ver con otros ojos este trabajo que, más allá de un aparente documento fotográfico de pacientes psiquiátricos, es testimonio del rostro amoroso del confinamiento.
Prácticamente desconocido en el campo fotográfico venezolano, el trabajo fotográfico de Errázuriz tiene un fuerte vínculo estético y temático con el trabajo de la fotógrafa niuyorkina Diane Arbus, quien en los años 60 fotografió los psiquiátricos, el circo y personajes en los márgenes de la sociedad, como travestis, gigantes y enanos, con una estética muy familiar a la que encontramos en el trabajo de Errázuriz: fotografías blanco y negro que retratan de manera directa a sujetos que posan ante la cámara la gran mayoría de las veces.
A la manera de Arbus, Errázuriz se acerca a los despojados de poder y libertad y retrata la belleza que encuentra en esos espacios y en el cuerpo del otro. Dignificados por la fotógrafa, éstos nos devuelven la mirada amorosa desde su espacio vivencial, que es el de reclusión. Estas imágenes, según Hernández, recrean los códigos de representación burgueses y “apuntan hacia el quiebre de la familia burguesa y su estricto orden, con el fin de advertir el falso ideal de nación que se reactivó durante la dictadura chilena y mostró sus fracturas en las propias marcas de los cuerpos desterritorializados, incapaces de identificarse con la sociedad sino a partir de un exacerbado narcisismo que se ha afianzado aún más en la determinación de los roles, recreando además los códigos de la representación burguesa con su tendencia hacia la frontalidad, el centramiento y la pose estereotipada, porque los fotografiados seleccionan su encuadre, generalmente en actitud hierática. En contadas ocasiones la cámara los ha registrado de manera desprevenida.”
Este gran foto-libro titulado El infarto del alma es una invitación a leer un cuerpo de trabajo como cuestionador del canon fotográfico a través de la mirada irónica de su autora, quien replica la representación inscrita en los parámetros del álbum familiar burgués desde el recinto de reclusión, que es a la vez metáfora de la nación ordenadora y represiva. Para Hernández este trabajo es además una introducción a ese otro rostro amoroso de la nación chilena, “representado por solidaridades más libres frente a los modelos hegemónicos, fundadas sobre un exceso afectivo que valora la abyección como cuerpo no representacional.”
Otro capítulo del libro que hoy presentamos también dedicado a la fotografía es el centrado en otro foto-libro de Errázuriz titulado La manzana de Adán, en el cual la violencia y el confinamiento tienen como escenarios los prostíbulos de homosexuales, donde la máscara, el simulacro y la pose sirven para ocultar y crear identidades en torno a lo femenino y lo masculino, pero haciendo referencia también al quiebre de la familia burguesa y al falso ideal de nación desde la periferia del prostíbulo, donde se ejerce la violencia y la represión policial. Hernández afirma que, contrario a la visión del discurso oficial en torno a los travestis, Errázuriz los retrata respetando la visión que ellos tienen de sí mismos, una identidad ambigua, negada y estigmatizada por la sociedad: “La fotógrafa les ofrece a los travestis un estatuto artístico y social, tomando ventaja de esa capacidad representacional asumida por el medio de fijar y reproducir modelos en el imaginario colectivo, y termina embelleciéndolos”. Desde esa máscara, constituida por el maquillaje, la pose y el traje, y desde el espacio de subversión y confinamiento que es el prostíbulo, señala Errázuriz las condiciones de los sujetos de este trabajo, acompañados y complementados con textos de Claudia Donoso.
Creo que los fotógrafos debemos agradecer a las autoras de estos trabajos por mostrarnos las posibilidades del lenguaje de la imagen y del texto en el campo del arte, como espacios desde donde articular mecanismos de insubordinación que sacudan los estamentos culturales y políticos de los contextos en los que éstos se generan. Y, por otra parte, desde estas breves notas sobre Insubordinación, quiero finalizar agradeciendo a Carmen Hernández no sólo por compartir sus análisis y reflexiones, que ponen en valor el discurso fotográfico como forma de subversión y arma de resistencia, sino además por apoyar, de manera perseverante e incondicional, el trabajo realizado por mujeres creadoras.
Carmen Hernández. Es investigadora en arte latinoamericano, con experiencia curatorial y museológica. Ex–directora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Docente en la Escuela de Artes, UCV, entre 2000 y 2001. Trabajó en la Curaduría de Arte Latinoamericano del Museo de Bellas Artes de Caracas, entre 1990 y 1999. Licenciada en Artes Plásticas, UCV, 1994. Magíster en Literatura Latinoamericana, USB, 2000. Doctora en Ciencias Sociales, UCV, 2008. Colabora con publicaciones en revistas y periódicos nacionales.
Ha publicado los libros: Desde el cuerpo: alegorías de lo femenino. Una visión del arte contemporáneo, Monte Ávila Editores, Caracas (2008) e Insubordinación: Diamela Eltit y Paz Errázuriz. Urgencia y emergencia de una nueva postura artística en el Chile Post-Golpe (1983-1994), Monte Ávila Editores, Caracas (2011). Actualmente ejerce el cargo de Directora Nacional de Cultura, UNESR.
Lectura realizada por Sara Maneiro el jueves 20 de octubre de 2011
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