Stefania Mosca:
demasiado preguntona
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Está enamorada. Y lo confiesa con una satisfacción profunda. Y se le nota demasiado en el porte, en la mirada, en los gestos, en la sonrisa y en las tramas del alma. Además, lo dice una y otra vez en la lengua propia del amor (la no muerte), justo cuando su más reciente novela, titulada El circo de Ferdinand (2005), ya está en la calle hipnotizando ojos de lectores por aquí y por allá.
Stefania Mosca dice, en una visita relámpago por Caracas, que tiene suerte; que el amor y la ternura la tomaron por sorpresa; que espera terminar sus días frente a la madre mar; que es feliz; que lo más hermoso de Washington (la ciudad donde reside actualmente) es contemplar los cerezos en flor; y que lo más maravilloso de la vida es descubrir el talento interior.
La escritora nació en Caracas un 23 de junio de 1957. Es hija de Lucio Mosca, un zapatero italiano, y Marcela Mosca, diseñadora de vestidos y dramaturga. Tiene un hermano mayor llamado Walter Mosca, quien, según sus palabras, es un gran lector. Durante su infancia vivió en varias urbanizaciones de Caracas, entre ellas, Chacao, Sabana Grande y Santa Mónica. Estudió letras en la Universidad Central de Venezuela, realizó una maestría en literatura en la Universidad Simón Bolívar y fungió durante un tiempo como presidente de la Fundación Biblioteca Ayacucho.
Es autora de los libros Jorge Luis Borges: utopía y realidad (1984) y La última cena (1991). Actualmente vive en la capital de los Estados Unidos, donde se desempeña como ministra consejera de la misión Venezuela ante la Organización de Estados Americanos. Es madre de Lucía Morón Mosca, de 15 años de edad, y entre sus maestros recuerda con cariño (y con eso que se conoce como amor profundo de mujer), a Salvador Garmendia y a Juan Sánchez Peláez.
Se reconoce a si misma, cuando se mira en el espejo de la casa, como una mujer llena de interrogantes infinitas. "Dudo mucho, soy demasiado preguntona, tanto que cada vez que amanece me digo mentalmente: ¿Yo puedo? ¿Yo podré hacerlo?". En estos días de julio de 2005 descubre buena parte de la naturaleza de su amor, sobre todo aquel que le guarda a la escritura, a las palabras y a todas y cada una de las historias que tejen sus días y sus noches.
Profundamente dormida
-¿Qué es la escritura?
-Un acontecimiento.
-¿Para qué sirve la escritura?
-Para conmover vidas.
-¿Hay algo que le falte escribir?
-Me falta mucho por escribir, aunque la verdad no sé si pueda.
-¿Cuál de sus libros es el más querido por usted?
-Seres cotidianos porque me reveló que puedo hacer ficción.
-De no haber sido escritora, ¿qué oficio hubiese preferido?
-Heredera de una gran fortuna.
-¿Un país que le gustaría visitar?
-Cualquier nación de Oriente.
-¿Cuál es la comida favorita de Stefania Mosca?
-La que hace mi mama.
-¿Cuál es su bebida favorita?
-El vino.
-¿Cuál obra de la historia de la literatura universal le hubiese gustado escribir?
-Gargantúa y Pantagruel de Francois Rabelais.
-¿Cuál personaje de la historia de la literatura universal le hubiese gustado ser?
-Ninguno: la mayoría de los grandes personajes de la literatura universal tienen una carga trágica inmensa. Prefiero a Stefania Mosca.
-¿A qué hora del día escribe?
-Cuando puedo. Sin embargo, las madrugadas son mis horas de mayor contemplación.
-¿Cuál es el título del último libro que leyó?
- Que voy a hacer cuando todo arde del escritor portugués Antonio Lobo Antunes. En estos días también estoy redescubriendo al colombiano Germán Espinoza con su libro Cuando besan las sombras.
-¿Cuál es el título del último libro que no terminó de leer?
-La biografía de Bill Clinton. También abandoné la más reciente novela de Alfredo Bryce Echenique y Diana la cazadora de Carlos Fuentes. En ambas se deja leer un machismo que ni te cuento.
-¿Cuál es su género musical favorito?
-El jazz.
-¿Cuál es la película que recuerda con más cariño?
-Casablanca y Blade Runner.
-¿Cuál es el sueño más hermoso que ha tenido?
-Uno en el que veía el mar.
-¿Cuál es su mayor debilidad?
-La vanidad.
-¿Cuál es su mayor fortaleza?
-La maternidad.
-¿Qué le gustaría hacer el día, o la noche, en que la muerte venga a buscarla?
-Estar profundamente dormida.
Cati Luján llega con su enorme soledad al circo
Tengo que confesarlo, decía Cati Luján, nunca he ido a un circo: pero sé como son. Claro que lo sé, hay leones y hay elefantes. Y caballos y domadores y trapecistas y contorsionistas y payasos con caras tristes. Y la arena es redonda. Todo eso lo sé, lo imagino y no debo estar lejos de la realidad. He soñado con las lentejuelas de los trajes de las gemelas Bells, que realizan un número lleno de saltos mortales desde los trapecios que penden del techo de la tienda. He visto las piezas numerosas jugar en el aire apenas guiadas por las manos rapidísimas de los malabaristas. Todo eso lo sé, pero, ¿una boda en un circo? No me imagino cómo. Nunca. Ni noticia.
Tomado de las páginas 68 y 69 de El circo de Ferdinand (Monte Ávila Editores, 2005), libro presentado en la sala Isaac J. Pardo del Celarg, el miércoles 7 de julio de 2005.
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