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La vida, el arte y la muerte saltan al ritmo del rock

Cuatrocientas sesenta páginas para representar al espectáculo de la ciudad. De fondo, puro rock. Al filo de la historia, todos los ojos que miran. Allí la voz (y la mirada) de Judit Gerendas, docente y narradora que recientemente presentó La balada del bajista, su primera novela, publicada por Monte Ávila Editores.

Gerendas (Budapest, 1940), dueña de una reconocida obra en el campo académico y ensayístico que incluye estudios como El fósforo cautivo: literatura latinoamericana y autodeterminación (1992) y Aproximaciones a la obra de Miguel Otero Silva (1993), desde hace algunos años apostó por el juego que quiso desde su niñez: la escritura literaria a tiempo completo.

Y comenzó a ganar todas las partidas. En 1996 se hizo con el Premio Anual de Concurso de Cuentos del diario El Nacional con el texto "La escritura femenina". En el 2000 fue publicado Volando libremente, su primer libro de relatos donde la ficción encara temas como la maternidad, la violencia, la infancia abandonada, la vejez. Vida y muerte.

Aficionada a la idea de la representación, la autora empleó este recurso en los nueve cuentos que integran a Volando libremente. Y volvió a él para concebir a La balada del bajista, pues como apasionada confesa del cine y el teatro, se dio cuenta de que esos son también medios para representar.

Entonces comenzó esta novela, a la que considera plena de múltiples lecturas y registros, donde la música, el teatro y el arte se asumen como aquellos elementos que permitirán "iluminar la oscuridad de lo real" de nuestras vidas en las grandes urbes.

Sólo como aperitivo: tras la muerte de un joven músico, La balada del bajista estructura toda una experiencia narrativa íntima -afectiva, erótica, estética y política- que desemboca en una búsqueda colectiva llena de intensidad y solidaridad, con el trasfondo de una violenta metrópolis.

Va asimismo entre sus líneas un guiño a Greta Garbo en su paso, temido y genial, al cine hablado. Una reverencia a las tabernas de los años treinta aún iluminadas por El ángel azul de Marlene Dietrich. Así como al pintor alemán Alberto Durero y a su "Autorretrato con flor de cardo", quien inspiró al personaje que representa al arte en esta novela.

Comentó la ensayista Catalina Gaspar: "La balada del bajista propone así la puesta en escena 'del mundo del teatro en el teatro del mundo'; en ella, como en el teatro griego, convergen las artes, y su proyecto y realización constituyen un ritual colectivo que se erige desde la muerte, la pérdida y el duelo, en un acto reparatorio que celebra la vida".

"Entonces sintió que el juego podía empezar de nuevo". Con esta línea en homenaje al Paradiso de José Lezama Lima se despide, en la página 460, la narración. Para Judit Gerendas, sin ataduras de numeración, el juego continúa. Aquí, apenas detenido, para hablar sobre esta historia en clave de rock.

-¿Cómo nace el argumento de La balada del bajista?

-A mí me conmueve mucho la violencia, esa violencia muchas veces tan gratuita, tan inverosímil, que se da en las grandes ciudades y en particular en Caracas. La novela a su vez tiene una mirada múltiple sobre Caracas, es una mirada amorosa que sin descalificaciones intenta explorar en esa violencia.

-¿Por qué Caracas como escenario de esta historia?

-Voy a contar una anécdota que a mí siempre me marcó y que está un poco en la raíz de la novela. Cuando mis hijos eran muy pequeños yo los tenía en un preescolar en el este (me molesta esa división en este/oeste pero a veces no la podemos soslayar) hacían muchas excursiones en autobuses y a veces les pedían a las mamás que los acompañáramos. Una vez que iban desde El Cafetal hasta San Martín yo los acompañé. Resulta que cuando pasábamos por el Centro de Caracas la maestra dijo: "miren niñitos esto también es Caracas". A mí ese "también" me marcó, me horrorizó, porque yo sí soy caraqueña vieja, yo viví en la Caracas de antes, vi construir El Cafetal y otras urbanizaciones del este donde sólo había monte y culebra. Entonces esos niños no conocían esa Caracas y la veían como lo otro incomprensible, lo otro exótico, lo otro que yo no soy. De allí que yo quise mostrar una mirada no solo violenta, sino cariñosa, en torno a lo que hay en los barrios.

¿A partir del argumento de su novela podría leerse a esta ciudad-real como una ciudad-espectáculo también?

-Podría. Por ejemplo, cuando uno de los personajes de la novela es asesinado y luego gran parte de la historia gira alrededor de su muerte, ese fue un hecho real pero que ocurrió de una manera muy diferente que a mí me impactó mucho. Lo leí en una página roja del periódico hace ya muchos años, no sabría decir cuántos. Resulta que un chico de quince años fue por primera vez en su vida a una discoteca en el Centro Comercial Chacaito, entró en la oscuridad y se tropezó con alguien que estaba tomando cerveza, la cerveza se derramó, era un adulto y él era un muchachito, el hombre lo empujo contra la pared y señalaba la noticia, que era muy corta, que ante la mirada de todos los presentes le clavó un puñal en el corazón y lo mató en el acto.

A mí esa imagen se me quedó en la mente y la reescribí. Claro, no la sitúo en una discoteca sino en el cerro, el personaje además es un poco mayor, pero sí pongo esos ojos. Así como en el primer capítulo está la actriz que fabrica su mirada para imaginarse al público porque ella no lo puede ver directamente, así también en el momento en el que matan al chico hay un guapetón, un jefe que lo mata por quítame estas pajas, sin ningún motivo, nadie interviene, son también esos ojos los que a mí me impresionaron de la noticia, los de la gente que mira lo que pasa y no interviene.

Los ojos y las miradas tienen mucha importancia en esta novela. Todo es parte de un espectáculo, un macabro espectáculo en el que el protagonista es la muerte. Yo creo que es parte de nuestra existencia e intenté escribir sobre eso.

-¿Se erige la violencia como tema central de La balada del bajista?

-Yo no creo que el tema central sea la violencia, es uno de los temas centrales. Otro es la solidaridad, el deseo de hacer justicia, esa es una visión pesimista mía porque la justicia no se logra y entonces se impone el otro tema central que mencionamos al comienzo, el de la representación, porque ellos logran hacer su espectáculo, logran crear una gran obra teatral y musical como algo colectivo. Lo colectivo tiene mucha importancia en la novela desde el primer capítulo que es de una sola mujer, Camila, la actriz que está enfrente del público y después tiene una cantidad de asociaciones con otras actrices. En el segundo capítulo aparece el grupo de rock, allí intervienen todos al mismo tiempo y es un espectáculo en el que el público participa de forma dinámica. Alguien podría preguntarse, bueno y por qué el rock, por qué no una música latina, yo siento que el rock sobre todo en los años noventa que es cuando transcurre la novela se hizo algo universal y motivó a la juventud de gran parte del mundo occidental.

-¿Usted escucha rock?

-Yo normalmente no escucho rock. Sí escuché mucho rock and roll en mi juventud, fui fans de Elvis Presley y de Los Beatles. A mis hijos no les gusta que los mencione en mis entrevistas, pero tengo que hacerlo, mientras ellos estaban pequeños y me lo permitieron yo los acompañé al Poliedro muchas veces porque son muy amantes de todo tipo de música incluido el rock, entonces yo vi a Guns and Roses, Metálica, Soda Estereo. La verdad es que a mí esa música no me atrapó, pero tuve el privilegio de quedarme sentada mientras el resto del Poliedro saltaba, corría, enloquecía, y ese espectáculo me fascinó. Sentí que era un ritual, algo en lo cual los jóvenes se reencontraban con ellos mismos y con los demás, era algo valioso, a mí me conmovió, me recordó al teatro griego que no era teatro originalmente sino una ceremonia sagrada, y esos eventos en el Poliedro más allá de lo comercial que hay detrás y de lo cual también trata la novela en algún capítulo, eran un ritual en el cual el público se sentía realizado.

-¿Comparte la idea de que su obra desliza temas con cierto eco en la denuncia social?

-Por supuesto que sí, yo vengo de la izquierda, milité en la Juventud Comunista durante los años sesenta, después me fui alejando de la política porque me decepcioné en muchos sentidos. Si no es vanidad decirlo, mi mente se mantiene joven porque soy capaz de cambiar todo el tiempo, según van modificándose los acontecimientos en el mundo y en el país yo también voy transformándome, no estoy rígidamente afincada a ninguna ideología cosa que me parece muy peligrosa. Todas estas cosas, la pintura, la música, a mí me conmueven tanto como la noticia del periódico sobre la violencia. Como todo escritor trato de convertir todas esas ideas, situaciones, conflictos e historias en imágenes. Al final de cuentas la apuesta de la novela es por el arte, por la representación. Todo es un juego, creo que aparte de la violencia La balada del bajista tiene además un espíritu lúdico porque el arte, y en particular el teatro, es juego y yo jugué con la novela.

-¿Cuál cree usted que es la utilidad del arte en medio del caos, de la cotidianidad?

-Aunque sea de forma indirecta, el arte sigue influyendo mucho en la vida de las personas, soy optimista en cuanto a eso. De una forma casi imposible de definir, el arte a través de sus vasos comunicantes se infiltra dentro de nuestra existencia y complementa nuestra cultura, el cine, la danza, el teatro, la literatura, las artes plásticas. La vida sería demasiado pobre, y de hecho se está empobreciendo, si todo se redujera a consumir cosas, a ir a los centros comerciales a comprar objetos, y aunque la política está abriendo un espacio importante para la gente y para sus reivindicaciones tampoco lo es todo, así como la vida pública tampoco lo es todo, está la vida privada, la familia, el amor, las relaciones humanas, la amistad, todo eso es parte de nuestra cultura y la apuesta tiene que ser por eso.

-¿Sigue el juego para usted?

-Yo estoy en el juego otra vez, estoy escribiendo una novela, también un libro sobre literatura venezolana, me apasiona mucho, pero es un trabajo inmenso.

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