| José Manuel Briceño Guerrero: "Hay palabras que marcan las cosas, hay que revelarse contra ellas creando nombres más adecuados."
José Manuel Briceño Guerrero (1929) es hoy en día uno de los más respetados pensadores y ensayistas de Venezuela. Con humildad contó en la Feria Intenacional del Libro 2009, cómo en un pasado entraba con nervios a la editorial Monte Ávila. Cuando visitaba la antigua sede de La Castellana se encontraba ante un mundo que cohibía por su prestigio intimidante. Hoy todo es distinto, cuenta cómo actualmente la casa editora le abre las puertas sin poses y con calor humano, debido a su larga trayectoria de reconocido trabajo pero también a los cambios que la editorial ha sufrido en revolución. Ya no es una editorial elitesca a la que tiene acceso sólo un sector privilegiado de la intelectualidad literaria, es un espacio recuperado para todos los escritores sin distinción alguna.
En la pasada Filven 2009 el autor compartió con el público durante un conversatorio sobre su libro El Laberinto de los tres minotauros (2008) reeditado por Monte Ávila y pronunció las siguientes palabras sobre los cambios que ocurren en Venezuela: “... aquí están soplando nuevos vientos, nuevos tiempos, y los cambios son profundos, respetables. Yo digo que hay que ser un atleta de la mezquindad para no reconocer eso. Sin embargo, hay personas tan atrasadas que no se dan cuenta, no reconocen eso, quizás les ciega una especie de odio por haber perdido privilegios, y entonces niegan cualquier cosa, incluyendo este fenómeno tan admirable, extraordinario e idílico que se está produciendo aquí, desde siempre pero ahora con mayor fuerza... Dígame usted cuándo uno podía comprar la Ilíada por tres bolívares en Venezuela. Ha habido una especie de reconocimiento de las grandes creaciones de la literatura universal. Yo leí la Ilíada y la Odisea, pero eso fue pidiendo prestado, yendo a bibliotecas públicas. Yo no quería creer lo que estaba pasando y entonces fui a ver si era verdad, compré obras traducidas al español bastante buenas y pregunté cuánto valían, un grupo grande de libros costaba nueve bolívares. Pregunté luego por Los Miserables de Victor Hugo y me dijeron 'Ese es gratis' ¡Ahora hasta le regalan los libros a uno! (risas), es decir, son accesibles. Los libros míos también están baratísimos, antes eran carísimos, los alumnos no podían comprarlos, me decían 'Profesor mire, voy a sacar una copia porque es muy carito el libro, ¿usted no tendrá por ahí alguno?'... Es un cambio notable.”
El autor también conversó con nosotros acerca de su libro Amor y terror de las palabras (2009), publicado recientemente en Monte Ávila Editores.
Cómo surge la idea de escribir Amor y terror de las palabras y cuál fue el objetivo de realizar el libro.
Desde la infancia tuve un interés por el lenguaje y una relación infantil con las palabras. A medida que fui creciendo y estudiando profundicé en el tema y por fin hice ese trabajo especial. Fue mi primer trabajo traducido al francés, hizo que me dieran un premio en Francia, después también me dieron un premio aquí. Es un libro bonito, a mí me gusta (risas).
En el libro se trata el tema de la locura, se observa cómo es capaz de herir pero también cómo da oportunidades. ¿Cree usted que estar loco es un privilegio que tiene el hombre?
En cierto modo es una salida, siempre y cuando no sea patológica. Es una salida de la vida ordinaria que permite descubrir cosas maravillosas y llevarlas a otros para que sean útiles al resto de la comunidad.
¿Para usted ser filósofo es tan importante como trabajar en una fábrica de carteras por ejemplo, cocinar o barrer las calles?
Sí, en realidad sí, porque es otro tipo de trabajo pero es trabajo y con mucha responsabilidad.
¿Cree que la escogencia de un oficio, profesión o forma de vida es un destino?
Yo a veces creo que es un destino porque hay personas que desde chiquitas están encaminadas hacia algo, pero creo que no es destino para todo el mundo. Algunos tienen esa escogencia menos firmemente marcada y tienen como más libertad para elegir entre muchas cosas. Creo que hay personas que no tienen inclinación para nada en particular y es muy curioso eso, gente que no siente inclinación para nada y les gustaría ser vagabundos, caminar por la tierra de un país a otro, eso también en cierto modo es una vocación.
¿Todavía sigue huyendo hacia las cosas como sugiere el libro, aún huye de la palabra, o es una etapa que pasa?
Bueno, es una cosa continúa, uno va de las palabras a las cosas y de las cosas a las palabras, es una aventura continua, no tiene fin.
Después de tanto trabajo ¿considera que ya ha logrado amar, domar y conquistar a las palabras?
No, ¡no se dejan! Son como mujeres muy esquivas (risas), será que no me quieren a mí. A veces me conceden unos favorcitos, pero así en grande no.
Cuando filosofa ¿cómo logra compaginar lo complejo con lo sencillo? Usted expresa sus pensamientos con un lenguaje muy sencillo en el libro Amor y terror de las palabras
Yo me inspiré en un filósofo llamado Schopenhauer, él dice que un mal escritor dice cosas sencillas de manera muy complicada y un buen escritor dice cosas muy complicadas de manera muy sencilla. Entonces yo trato de hacer lo segundo, decir cosas muy complicadas de manera muy sencilla.
En la apertura de Filven 2009 comentó que había que ser un atleta de la mezquindad para no darse cuenta de los grandes cambios que está atravesando un país como Venezuela. Para usted ¿cuáles son los cambios más significativos?
La participación del pueblo en los asuntos públicos y el poder en la toma de decisiones. Antes, la mayoría de la población estaba oprimida y no podía ni hablar, sólo un grupo de gente poderosa economicamente y en realidad desligada de los intereses nacionales, tenía derecho. Ahora yo veo por todas partes que gente de origen humilde tiene derecho a hablar y habla, tiene derecho a participar y participa. Esto es un movimiento muy poderoso porque es el principio de un cambio que es necesario para que Latinoamerica pueda sobrevivir, el hecho de que exista una participación de la comunidad y que no esté todo en manos de una oligarquía.
En Venezuela ha habido muchos cambios de nombres en los últimos años, de instituciones, parques, estaciones de metro, hasta del país. Esta situación ha sido criticada e incomprendida por algunos sectores. Cosas que ya conocemos a través de palabras militarizadas (1) han sido designadas con nuevos vocablos, revolucionarios. Después de leer su libro me vino este fenómeno a la mente. Mucha gente no lo comprende, lo rechaza o ridiculiza, les parece inconcebible. ¿Qué opinión le merece a usted este fenómeno?
Me parece que es gente que no entiende de qué se trata. Las palabras tienen un poder. Hay palabras que se convierten en símbolos de un estado de cosas. A mí me contaba un español que aún la palabra “España” no es adecuada porque fue contaminada por Franco que la utilizaba para justificar una ideología represiva. Yo le pregunté: ¿Entonces cómo hago para decir “España”? Me dijo: “Bueno, tendremos que inventar algo” (risas). En Venezuela sí hubiese sido posible inventar alguna palabra. Pero, es verdad, hay palabras que marcan las cosas, hay que revelarse contra ellas creando nombres más adecuados.
¿Qué palabra relaciona usted con el vocablo humor?
¿La palabra humor? ¡Qué bueno!... alegría, felicidad, tranquilidad, flexibilidad, capacidad para entenderse en diversos niveles y aumento de la posibilidad de comunicación. Además modestia, humildad, no sentirse uno por encima de todos los demás sino con capacidad y necesidad para ponerse en el mismo nivel de cualquiera.
Patricia González
Monte Ávila Editores Latinoamericana
(1) Expresión tomada del libro Amor y terror de las palabras |