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Con una franela de Aragua y una humildad tan real como su simpatía el poeta Manuel Cabesa confesó: "El hecho de que seas poeta no te hace diferente a los demás, por el contrario, los poetas deberían ser las personas más humildes, más tranquilas, y estar allí a la orden de la gente, del pueblo, de quien lo pida"

Durante el VII Festival Mundial de Poesía Manuel Cabesa presentó su libro Un lento deseo de palabras. Poemas reunidos 1980-2003 (2010). Aprovechamos la estadía del poeta en Caracas durante el festival para conversar sobre su trayectoria en el mundo literario.

Manuel Cabesa (Caracas, 1960). Bibliotecario, poeta, narrador y ensayista. Tiene varias publicaciones realizadas en editoriales alternativas, además de suplementos y revistas especializadas en literatura. Vive en Maracay desde 1994 y desde hace varios años coordina talleres literarios de donde han salido varias voces eminentes de la literatura de la región.

¿Por qué la poesía?

Yo creo que la poesía, como dice el gran maestro Carlos Fuentes, es la que inicia todo. A partir de la poesía se ha hecho todo lo demás, la gran épica, la gran narrativa. Todo tiene que ver con la poesía de alguna manera, hasta nuestra vida cotidiana aunque la gente no lo crea o no esté consciente de eso. Yo escribo poesía porque creo que es una manera de vivir y transcender. Somos lamentablemente mortales, pequeños frente a la vida que nos toca, lo único que uno deja es la poesía, y no me refiero solamente al objeto verbal que aparece en los libros, hablo de una actitud de vida.

¿Qué le parece que un festival de poesía se enmarque en el bicentenario de su independencia?

Creo que estos encuentros son fabulosos porque ofrecen la oportunidad de intercambiar con amigos que no conocíamos, y de varios países. La poesía se ha convertido en un sinónimo de revolución. Ya el mismo Francisco de Miranda lo decía en sus diarios: “Oh libros maravillosos que me acompañan todas las noches”. La poesía forma parte de esas ganas de sobrevivir al mundo y a la sociedad que nos corresponde. Leer y escribir siempre han sido actos revolucionarios. Y el hecho de que nuestro actual gobierno y los amigos que acompañan este proceso organicen un Festival Mundial de Poesía, donde se pueda compartir con gente de Chile, Las Antillas, es fabuloso porque es una manera de estar juntos.

¿Cuál es el tema principal de Un lento deseo de palabras. Poemas reunidos 1980-2003?

El tema principal de mi libro es casi siempre el amor con todas las consecuencias que implica decir esa palabra: amor, desamor, despecho, encuentros, desencuentros. Porque creo que el amor y la poesía son los dos únicos sentimientos que mantienen al hombre vivo. Ya Octavio Paz lo dijo en un ensayo luminoso donde proponía que amor y poesía eran correlativos, es decir, existe el amor porque existe la poesía, y existe la poesía porque hay amor. Yo no soy mayor autoridad que Octavio Paz pero mi humilde libro navega por esas aguas.

¿Qué visión tiene de la poesía venezolana actual?

Se escribe y se está publicando mucho, a veces no tengo tiempo para leer todo. Sin embargo, los pocos o los muchos libros a los cuales he tenido acceso porque soy bibliotecario, muestran que se están haciendo cosas buenas. Cada quien se ha entendido en su discurso, en su manera de decir las cosas. Voy a ser sincero, hay poetas que se expresan de una manera que a mí no me gusta, porque no tiene que ver con mi estética personal. Hay otros jovencitos que me iluminan de repente, porque tienen cosas tan buenas que decir. Pero lo sabroso de todo este rollo de la poesía venezolana contemporánea, de este nuevo milenio, es que todos están diciendo cosas, a su manera por supuesto. Hay una apertura increíble hacia los nuevos discursos. Me asombra cómo los jovencitos escriben con un talento, una energía y unas ganas de decir cosas. Estos jóvenes que me acompañan ahora en mis talleres literarios tienen un talento increíble, parece que es innato. Yo soy asesor del sistema nacional de imprenta en Aragua y estamos buscando la manera de publicar a estas nuevas voces, porque es importantísimo que se escuchen y se lean.

¿Tiene alguna influencia literaria? ¿Cuáles son las principales?

Muchas influencias, creo que nadie escribe solo. La cultura y la vida te influyen. Yo participo de muchas lecturas, nombrar a dos, tres poetas, sería negar al resto. Creo que mis influencias más directas son los grandes poetas latinoamericanos surrealistas, Juan Sánchez Peláez, Enrique Molina, ellos me marcaron mucho cuando era joven.

Nos ha tocado vivir el período de transición a la era digital. ¿Cree que el internet va en contra o en pro de la creación poética?

Te respondo como Umberto Eco hace cinco años atrás: ahora con internet se lee más de lo que se leía con los libros impresos. Tú tienes acceso fácil a toda la información. Ahora yo, Manuel Cabesa, un viejo bibliotecario que tiene 24 años de servicio en bibliotecas públicas, pienso que no hay nada como los libros en el sentido físico. Porque en internet te puedes enterar de todo pero el libro como objeto, que varía de colección, el libro que te regalan, que tiene un autógrafo de un autor que admiras, eso es invaluable. El hecho de sentir que los tengo en mi casa, de acariciarlos, de limpiarlos una vez cada tres meses, a mí me parece inconmensurable. El libro como aquella cosa maravillosa del objeto, de la pertenencia, de esto es mío y esto soy yo. Creo que los libros por mucho internet y tecnología que exista, no pueden salir de circulación.

Si no fuese poeta ¿qué hubiese sido?

Me gustaría haber sido un maestro quesero. Desde niño siempre envidié y todavía envidio a esos señores que se ponen en su mesa a vender queso y charcutería. Los veía cuando iba a los mercados de verdad, al mercado libre de Catia, de Quinta Crespo, al mercado de Maracay. Qué felicidad vivir así, satisfacer a la gente con algo tan rico como son los quesos, yo soy un comedor de quesos increíble. Ellos son poetas, no lo saben pero lo son, eso es una actitud poética ante la vida. Si yo no escribiera poesía ni fuese bibliotecario, creo que el mejor trabajo que pudiera tener sería vender queso, charcutería, jamón y chorizo en un mercado libre.

¿Algún verso que le venga a la mente, de memoria?

Un verso que me marcó en una época, cuando yo tenía 20 años, de Juan Sánchez Peláez. A mí me parece que es la frase más perfecta de la poesía venezolana. El verso dice algo así como: “Mis cartas de amor fueron robadas por los halcones ultramarinos que atraviesan los espejos de la infancia”. Cuando leí eso pensé: si esta es la poesía yo quiero escribir como él. No sé qué significa ese verso, a nadie le interesa qué significa, pero suena tan bello que yo quise escribir como ese maestro. ¿Un verso mío? Se repite en varios de mis poemas: “Eres embriaguez de horizontes marítimos”. Claro, no me comparo con Juan Sánchez Peláez pero quise seguir esa línea.

¿Qué próximos proyectos tiene?

Estoy trabajando en tres proyectos al mismo tiempo. El primero es una recopilación de escritos sobre poesía aragüeña. Yo vivo en Maracay y desde el año '96 he escrito sobre libros que se publican en Aragua. Un día me dio por reunirlos en un sólo volumen pero todavía me faltan como cinco poetas, tengo que escribir, hay gente que no puedo dejar por fuera. El segundo proyecto, lo empecé en Semana Santa pero no lo he podido terminar, es inevitable, uno empieza y no termina, una recopilación de frases sobre la lectura. He estado muy cerca del Plan Revolucionario de Lectura, antes trabajaba en los Círculos de Lectura, ya tengo más de siete años trabajando en ese negocio y he dado muchos talleres. Me he conseguido con muchas frases de escritores que hablan sobre la lectura, entonces un día me dio por recopilarlas. El tercer proyecto es una antología de la poesía peruana. Estoy trabajando en eso, más en investigación que en creación.

Para usted ¿los poetas tienen alguna misión o no? y si la tienen ¿cuál es?

Te voy a responder como mi amigo el poeta Alberto Hernández de Maracay: “El poeta es un trabajador social”. El hecho de que seas poeta no te hace diferente a los demás, por el contrario, los poetas deberían ser las personas más humildes, más tranquilas, y estar allí a la orden de la gente, del pueblo, de quien lo pida. El poeta no debería vivir de la fama ni de un nombre, eso fastidia, me fastidia que me atiendan mucho y que crean que soy un buen poeta. Eso es mentira. A mí me gusta hacer lo que sé hacer. ¿Qué soy? Un buen bibliotecario, un buen maestro creo. Pienso que esa es la misión verdadera de un poeta, estar allí con su gente, con su comunidad, estar ahí para el mundo.


Patricia González
Monte Ávila Editores Latinoamericana

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